



Transformar la pérdida en un camino de resiliencia
Hay un momento en la vida en que el horizonte cambia repentinamente, en que el suelo bajo tus pies se desmorona y el futuro se oscurece. Para mí, ese momento fue el día en que perdí a mi hijo. No fue una simple pérdida, sino una ausencia que resonó como un silencio ensordecedor, un vacío que se tragó toda la luz. Ese dolor inmenso, silencioso, absoluto… parecía haber apagado toda perspectiva, todo sentido, dejándome en una oscuridad sin fin.
Pero en esa oscuridad, encontré una encrucijada. Tenía ante mí una elección: dejarme consumir por la oscuridad, permitir que el dolor definiera mi existencia, o buscar una forma de transformarlo, de encontrar un rayo de luz incluso en el abismo. Sabía que nunca podría borrar el pasado, pero tal vez, podría usarlo como una semilla para hacer nacer algo nuevo, algo que honrara la memoria de mi hijo y, al mismo tiempo, llevara esperanza a quienes, como yo, se habían encontrado caminando en la sombra.
A veces, el giro llega donde menos lo esperas. En 2019, mientras me encontraba en Etiopía, recibí la noticia más devastadora de mi vida: había perdido a mi hijo, Blaise. Aplastada por un dolor que no conoce palabras, sentada esperando un vuelo para regresar a los Estados Unidos, me encontré frente a un hombre que nunca antes había visto. Se llamaba Assefa. No hablábamos el mismo idioma. No conocía mi historia. Y sin embargo, me tomó la mano. Y no la soltó durante más de diez horas.
No dijo nada. Pero en ese silencio, había todo: presencia, respeto, humanidad pura. Un gesto simple, y sin embargo inmenso. Un acto de amor que no pedía nada a cambio. Fue en ese momento cuando comprendí: la empatía puede salvar. Puede cruzar continentes, culturas, tragedias. Puede iluminar incluso el dolor más oscuro. Desde aquel día, elegí transformar mi pérdida en un camino. Un camino hecho de gestos concretos, pequeños pero poderosos. Escuchar. Acoger. Cuidar. Hoy, como Embajadora del Garden of Peace, creo que la verdadera revolución comienza aquí: en mirar realmente al otro. En sentir su dolor como si fuera el nuestro. En no girar la cara hacia otro lado. En dar peso a lo que sucede. En actuar con el corazón. En estar presentes. Porque cuando una persona toca a otra, nace la paz..
Un viaje de transformación
He escrito un libro, “Twentyone Olive Trees: A Mother’s Walk Through the Grief of Suicide to Hope and Healing”, para compartir una experiencia de transformación personal. Después de la pérdida de mi hijo Blaise, busqué una forma de dar sentido al dolor y encontrar esperanza. El libro recoge cartas y poemas que narran este camino, junto con historias simbólicas que exploran los temas del duelo y la aceptación. Un elemento significativo es el número 21, que aparece tanto en el título del libro como en la edad que tenía Blaise cuando nos dejó. Mi deseo es ofrecer consuelo a quienes han vivido experiencias similares, mostrando cómo la belleza puede surgir incluso de las situaciones más difíciles. Los olivos, símbolo de paz y renacimiento, representan este mensaje de esperanza.
Sembrar empatía, cultivar esperanza
Hoy soy embajadora de The Garden of Peace, un compromiso que siento profundamente mío. No es para contar mi dolor personal, sino porque creo que cada pequeño gesto de bondad puede generar un cambio positivo en el mundo. Es muy significativo para mí que The Garden of Peace se base en 21 variedades de olivos, un número que resuena con la edad que tenía mi hijo Blaise cuando se fue, y con el título de mi libro. Cuando escribí el libro, no conocía la existencia de esta organización. A veces me pregunto si fue casualidad o algún tipo de inspiración la que creó este vínculo. Siento que hay hilos invisibles que nos conectan, y este proyecto es una manera de honrar la memoria de mi hijo y de compartir un mensaje de esperanza.

La paz se sueña. Se invoca. Y aunque cambien los sonidos, las letras, las inflexiones…
no cambia su significado profundo. La paz es un deseo que nos une, más allá de los idiomas, más allá de las fronteras, más allá de cualquier diferencia. En mi viaje como embajadora, he escuchado la palabra paz pronunciada de mil maneras distintas. Pero cada vez, en cada rincón del mundo, reconocí la misma luz en los ojos de quien la pronunciaba.
Porque la paz habla todos los idiomas,
pero siempre nace del mismo lugar: el corazón humano.

Peace in Action es el momento en que la compasión toma forma.
Es una invitación a sembrar amabilidad, a actuar por el bien común, a transformar incluso el dolor en cuidado. Para mí, la paz no es un sueño lejano, sino una presencia cotidiana hecha de escucha, abrazos, atención. Es lo que sucede cuando la amabilidad se convierte en acción. Cuando elegimos estar presentes, proteger, tender la mano. Cuando la paz no es una meta, sino una forma de vivir cada día, en todas partes.
En The Garden of Peace, creemos que la paz no es una idea abstracta, sino una elección concreta.
Vive en el cuidado de los animales, en el abrazo a un niño, en la tierra cultivada con respeto.
En cada acción que pone en el centro la vida, la empatía y el amor.
Plantar una semilla es mucho más que un acto agrícola: es un símbolo de confianza en el futuro. Significa creer que, con cuidado y paciencia, algo pequeño puede convertirse en vida, alimento, belleza. Es un gesto silencioso, pero poderoso, que habla de esperanza, equilibrio y respeto por la Tierra.
Cada semilla hundida en la tierra es un mensaje: “Yo elijo la vida. Yo elijo la paz.”

Cada pequeño gesto cuenta. Recoger un residuo en la calle, en un campo o en una playa no es solo una acción ecológica: es un acto de respeto hacia el medio ambiente y hacia la comunidad. Es una forma concreta de cuidar la Tierra, de protegerla y hacerla más habitable para todos.
En cada gesto de limpieza hay una semilla de conciencia, una señal de paz.

Cada generación tiene algo que decir, pero con demasiada frecuencia olvidamos el valor de la escucha. Cuando un joven se sienta junto a un anciano, nace un diálogo que construye puentes invisibles entre el pasado y el futuro. Escuchar a quienes vinieron antes no es solo un gesto de respeto: es un acto de paz.
Significa reconocer la memoria, aprender de la vida vivida, valorar la experiencia y reducir el ritmo para acoger la sabiduría. En ese momento, no solo se transmiten historias, sino que se cultivan comprensión, continuidad y humanidad.


En cada paso incierto, en cada sonrisa tímida, vive la promesa de un mañana distinto. Los niños son la voz silenciosa de la paz: no hablan de fronteras, sino de posibilidades.
En lugares donde faltan tantas cosas, ellos aún encuentran la forma de jugar, de aprender, de tener esperanza.
Acompañarlos en su camino significa creer que el futuro se construye hoy, con cuidado, educación y cariño.
Porque donde crece un niño en paz, también crece el mundo entero.

Cuidar de un animal es un gesto silencioso, pero profundo. Es decirle al mundo: “Cada vida tiene valor”.
En cada cola que se agita, en cada mirada que se ilumina, hay gratitud, confianza recuperada, paz.
Salvar a un perro, acoger a un ser herido, devolverle dignidad y afecto: eso es amor en acción.
Es una caricia que se expande, que toca a quien mira, a quien siente, a quien elige no permanecer indiferente.

Cada semilla plantada cuenta una elección: creer que el futuro puede florecer.
Un jardín de la paz no es solo un lugar físico, es un espacio simbólico donde manos, tierra y sueños se encuentran. Cultivar es cuidar.
Es transformar un espacio en refugio, un rincón de tierra en una promesa de belleza.
Es un gesto sin prisa, que enseña a respetar los tiempos de la naturaleza y a tener esperanza. Allí, donde nace un árbol, también crece la posibilidad de un mundo más justo.
Mi vida no ha sido fácil: he conocido el dolor, el abandono, la pérdida.
Pero de todo eso nació un camino.
Un camino hecho de viajes con un propósito, de travel with a purpose, de Amor en Acción.
A través de lo que he vivido, he aprendido que somos nosotros quienes decidimos si quedarnos atrapados en el dolor o transformarlo en algo más grande.
Y cada vez que elijo la paz, cada vez que actúo por quienes no tienen voz, me recuerdo a mí misma —y al mundo— que es posible cambiarlo todo.
Ser Embajadora de The Garden of Peace significa testimoniar precisamente eso:
que incluso de las heridas más profundas puede nacer la luz.
Porque es a través de las grietas más profundas que entra la luz.
Y yo estoy aquí para dejarla entrar y para compartirla.
En esta librería encantada, «SOMOS: A Place for Words», presenté Twentyone Olive Trees, hablando de Love in Action: el amor que sana, actúa y transforma.
Entre estanterías llenas de historias y corazones abiertos, compartí mi mensaje de paz y esperanza.
Una pequeña semilla plantada en el desierto… que sigue floreciendo.

