La palabra paz me acompaña desde que aprendí a ponerle nombre a mi deseo más profundo: vivir en un mundo justo, donde cada ser humano tenga el derecho de existir con la misma dignidad.
No es una utopía romántica, ni una idea abstracta. Es un llamado concreto. Una necesidad. Una elección diaria. Sé muy bien que la paz no es la ausencia de conflicto. No es silencio, ni inmovilidad, ni huida. La paz es presencia. Es compromiso. Es una mirada que acoge, una comunidad que resiste, una persona que elige dejar de odiar. Vivimos tiempos frágiles, donde la distancia crece incluso estando cerca. Las palabras hieren, la indiferencia se vuelve cómplice de la violencia. Y entonces me preguntan: ¿por dónde empezar?
Yo siempre respondo: Empieza por ti. Por tu manera de mirar, de escuchar, de elegir.
Porque cada gesto puede ser paz. O guerra.
Yo elijo la paz. Cada día. Cada instante. Incluso cuando es difícil. Incluso cuando parece invisible o inalcanzable.
Porque creo que en cada acto de confianza se siembra la semilla de un mundo nuevo.
La paz no se improvisa: se entrena, se cultiva, se transmite y se construye con nuestras propias manos. Porque si el ser humano sabe hacer la guerra, también puede hacer la paz. Todo depende de cómo elegimos vivir. De cómo decidimos ser, aquí y ahora. Yo he elegido construir puentes, favorecer encuentros, educar en la empatía. Porque la paz es antigua, sí. Pero hoy más que nunca, está viva.
Y es nuestra misión, la mía y la de The Garden of Peace.







