Domande e risposte per conoscere meglio l’olivo, l’olio e il progetto The Garden of Peace
Preguntas y respuestas para entender qué es The Garden of Peace, por qué hablamos de territorios y continentes, cómo funciona el modelo de las 21 variedades y cómo un lugar puede integrarse en la red de los Jardines de la Paz.
The Garden of Peace es una red de Jardines de la Paz: lugares reales y visitables donde el olivo se convierte en un lenguaje común para hablar de diálogo, sostenibilidad y responsabilidad hacia el territorio.
La idea no es añadir un “monumento”, sino construir un paisaje legible: un lugar que se puede recorrer, cuidar y observar, donde la convivencia es visible incluso antes de ser explicada.
Cada jardín está pensado para ciudadanos, escuelas y administraciones: la paz no como un eslogan, sino como una práctica cotidiana que se mide en el cuidado de un lugar compartido.
Paciano, un pueblo de Umbría con vistas al lago Trasimeno, es la fuente del proyecto: aquí el primer Jardín de la Paz une historia local, paisaje agrícola y comunidad.
Este primer jardín no es una meta, sino un modelo de partida: demuestra que un pequeño municipio puede generar una red internacional si el mensaje es claro y coherente en el tiempo.
Paciano sigue siendo una referencia ética y narrativa, no un “propietario” del proyecto: el sentido es compartir un método y abrirlo a otros territorios.
Jano Bifronte representa un umbral: una mirada hacia el pasado y otra hacia el futuro. En el proyecto recuerda que la paz nace de la capacidad de mantener juntas la memoria y la transformación.
En el jardín esto se traduce en una regla: custodiar la historia de los lugares sin congelarlos, permitiendo nuevas relaciones entre territorios, comunidades y generaciones.
El jardín es, por tanto, un “portal”: no celebra la nostalgia, sino que ayuda a imaginar cómo los territorios pueden cambiar permaneciendo fieles a sus raíces.
El olivo dibuja una geografía natural hecha de montañas, costas, llanuras, islas, áreas interiores y ciudades. El proyecto elige seguir estos paisajes en lugar de las fronteras políticas.
Cuando se menciona un Estado, se hace solo como referencia técnica para el área de origen de la variedad. La narración, en cambio, se centra en continentes y territorios de difusión.
Esto permite incluir contextos complejos sin reducirlos a una bandera y mostrar cómo las rutas del olivo atraviesan culturas, lenguas y fronteras a lo largo del tiempo.
The Garden of Peace está pensado para dialogar con ciudades, escuelas, fundaciones y comunidades en continentes distintos. El modelo es único, pero cada jardín se arraiga en un territorio específico.
La dimensión mundial no significa “replicar en todas partes la misma imagen”, sino construir una red de lugares coherentes que mantengan su identidad local.
Esto hace posible una comparación concreta entre territorios: sobre decisiones ambientales, educativas y culturales que cada uno está afrontando.
Es un lugar físico y accesible, que se puede visitar en cualquier estación. Los árboles crecen, cambian y necesitan cuidados: el mensaje no es abstracto, está encarnado en el paisaje.
Paneles y placas ayudan a interpretar lo que se ve: variedades, territorios, rutas del olivo y vínculos con las comunidades que los cuidan.
La credibilidad nace del tiempo: inaugurar es un inicio, no el final del recorrido. La paz se mide en la continuidad del cuidado compartido.
Cada jardín es un nodo de una red internacional: mantiene su identidad, pero comparte un modelo común, valores y herramientas de lectura.
La red hace posibles intercambios entre escuelas, administraciones y comunidades: hermanamientos, proyectos educativos, actividades conjuntas sobre temas ambientales y sociales.
De este modo la paz no es solo una palabra: se convierte en cooperación concreta entre territorios que se reconocen interconectados.
El olivo es una planta milenaria, resistente, presente en muchas tradiciones religiosas y culturales como símbolo de paz, sabiduría y resiliencia.
En el proyecto se convierte en un lenguaje geográfico: siguiendo sus variedades se pueden leer climas, suelos, paisajes e historias de migraciones humanas.
Es un símbolo simple pero no trivial: cada territorio lo interpreta de manera distinta, y precisamente esa diversidad es el núcleo del mensaje de convivencia.
Escuelas y ciudadanos no son espectadores, sino custodios del jardín. Su participación es esencial para transformar una idea en práctica cotidiana.
Para las escuelas, el jardín es un laboratorio al aire libre donde geografía, ciencias, historia, arte y ciudadanía se entrelazan.
Para la ciudadanía, es un espacio de encuentro y responsabilidad compartida: un lugar donde cuidar algo que pertenece a todos.
El primer paso es siempre una pregunta clara: ¿qué personas y qué instituciones están listas para cuidar un jardín a lo largo del tiempo?
A partir de ahí se construye un proyecto que una espacio físico, comunidad, objetivos educativos y sostenibilidad de la gestión.
Las directrices de TGoP ayudan a verificar si existen las condiciones para entrar en la red, manteniendo coherencia con el modelo de las 21 variedades y con los principios del proyecto.
Las 21 variedades no son una colección casual: se han seleccionado porque, juntas, permiten representar las principales áreas de difusión del olivo en el mundo.
Cada árbol corresponde a un territorio emblemático: costas, altitudes, zonas interiores, islas, paisajes rurales y urbanos.
El jardín se convierte así en un mapa vivo: la convivencia entre variedades distintas en un mismo suelo cuenta la convivencia entre territorios distintos en un planeta compartido.
Cada árbol está vinculado a un ecosistema real: no representa un Estado, sino un paisaje concreto con sus condiciones climáticas, geográficas y sociales.
La información en la placa ayuda a leer esa relación: origen, continente, territorios de difusión y adaptaciones.
De este modo, el jardín se convierte en una herramienta de educación geográfica y ambiental, accesible también para quien no tiene conocimientos técnicos.
El Estado se indica solo como referencia técnica para el área en la que la variedad se considera autóctona. Sirve para vincular el jardín con la literatura científica y los catálogos del germoplasma.
Sin embargo, la narración principal se centra en el continente y en los territorios de difusión, que cuentan mejor la vida real del olivo en el mundo.
Este equilibrio permite mantener rigor científico sin transformar el jardín en un desfile de banderas.
Las plantas provienen de los principales Bancos Mundiales de Germoplasma del Olivo y de viveros que trabajan con material certificado.
Esto garantiza la identificación correcta de las variedades, la trazabilidad y la seguridad fitosanitaria: un requisito esencial para un proyecto público y replicable.
El origen controlado de las plantas es, por tanto, parte integral de la credibilidad del modelo.
RESGEN es un programa del Consejo Oleícola Internacional sobre recursos genéticos del olivo, que ha contribuido a catalogar y comparar variedades a nivel internacional.
La referencia a esta experiencia indica que el modelo del jardín nace en diálogo con la investigación, y no como una iniciativa aislada.
Para el público no especialista basta un mensaje simple: detrás de la elección de las variedades hay un trabajo de conocimiento y verificación, no solo una preferencia estética.
Cada planta va acompañada de documentación de procedencia y de controles fitosanitarios, conforme a la normativa del país anfitrión.
Esto reduce el riesgo de introducir patógenos o material no conforme y hace el jardín fiable para escuelas, visitantes e instituciones.
La trazabilidad es también una forma de respeto hacia los territorios representados: lo que se declara debe corresponder a lo que se planta.
Los paneles de entrada explican el sentido del proyecto y del modelo de las 21 variedades. Las placas en los árboles conectan variedad, territorios y continentes.
No se limitan al nombre botánico: ayudan a entender que ese árbol representa una parte del mundo y una forma específica de vivir el paisaje.
De este modo, la visita se convierte en un recorrido de lectura, no solo en un paseo.
Porque el jardín pone en relación lugares que, en el mapa, están lejos, pero que aquí se encuentran uno junto a otro.
Este mapa es vivo porque crece, cambia con las estaciones y responde a las condiciones climáticas del lugar que lo acoge.
La convivencia entre las variedades se convierte en metáfora de la convivencia entre comunidades y territorios.
Sí, porque hoy el olivo está presente en muchas áreas extra-mediterráneas: Américas, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Oriente Medio y Asia.
El modelo está construido para dialogar con estos territorios, siempre que se elija un espacio adecuado y se respeten las condiciones agronómicas básicas.
En contextos no tradicionales, el jardín tiene un valor añadido: muestra cómo una planta mediterránea puede convertirse en puente entre climas y culturas diferentes.
Las 21 variedades ofrecen un atlas natural: estudiantes y ciudadanía pueden “viajar” entre continentes sin moverse del lugar, siguiendo las rutas del olivo.
El modelo permite hablar de cambio climático, migraciones, decisiones agrícolas y protección de la biodiversidad a partir de ejemplos concretos.
El mapa vivo ayuda a comprender que cada territorio está conectado con otros y que las decisiones locales tienen efectos globales.
Porque hace visible una convivencia real: variedades distintas en un mismo suelo, comunidades distintas alrededor de un mismo lugar.
Aquí la paz no es una abstracción, sino una práctica: organizar actividades, compartir reglas y cuidar un espacio común.
El jardín recuerda que la paz se construye con gestos repetidos en el tiempo, no solo con declaraciones.
Significa que el jardín existe antes y después de los eventos oficiales: debe ser accesible, cuidado e integrado en la vida del territorio.
Un lugar real obliga a medir la coherencia: si se abandona, el mensaje se vacía; si se custodia, se vuelve creíble.
La diferencia respecto a una campaña de comunicación es precisamente esa continuidad.
Muchos territorios vinculados a las variedades han conocido conflictos, migraciones y fracturas sociales. El olivo ha seguido esas rutas junto con las personas.
El jardín no borra las heridas, pero invita a mirarlas con una perspectiva capaz de reconocer también posibilidades de reconciliación.
El mensaje es sobrio: la paz no es ausencia de problemas, sino elección de cuidado mutuo a pesar de los conflictos del pasado.
Crisis climática, pérdida de biodiversidad y desigualdades ambientales generan tensiones e inestabilidad. Trabajar en el cuidado de los territorios es también trabajar por la paz.
El jardín muestra que los territorios son interdependientes: lo que ocurre en un ecosistema tiene efectos en otros, a menudo lejanos.
Aquí la paz es también prevención: construir equilibrio, no agotar recursos hasta convertirlos en motivo de conflicto.
Porque permite experimentar, a pequeña escala, las dinámicas de convivencia: reglas compartidas, cuidado del bien común y respeto por las diferencias.
Para las escuelas el jardín es un aula al aire libre; para la ciudadanía un espacio de encuentro; para las instituciones un banco de prueba de políticas territoriales.
Todos estos niveles conviven en un mismo lugar, y eso convierte al jardín en un laboratorio.
Visitas guiadas, recorridos temáticos sobre territorios, talleres sobre suelo, agua, clima, biodiversidad, lectura del paisaje, memoria y derechos.
Las actividades pueden ser simples (para familias y primaria) o más estructuradas (para proyectos de ciudadanía y recorridos internacionales).
El criterio es único: partir de la experiencia del lugar y no convertir el jardín en un aula teórica al aire libre.
Un jardín necesita años para crecer: su fuerza es precisamente ese tiempo largo, que exige continuidad y colaboración.
La memoria nace de la repetición: volver al mismo lugar, ver cambiar los árboles, recordar por qué se plantaron.
La paz, en este sentido, es la capacidad de mantener un compromiso más allá del ciclo breve de los eventos.
Cada jardín está conectado con otros jardines del mundo: intercambios, hermanamientos, proyectos comunes, comparaciones sobre políticas ambientales y sociales.
El diálogo no es solo simbólico: puede convertirse en colaboración entre escuelas, administraciones, centros culturales y asociaciones.
En este sentido, el jardín local se convierte en una puerta abierta hacia un territorio global.
Las administraciones garantizan el espacio, la gestión y la integración del jardín en políticas públicas; las comunidades dan vida al lugar con cuidado y participación.
Sin esta alianza, el jardín corre el riesgo de ser una operación de fachada; con ella, se convierte en un bien común.
El proyecto insiste en definir roles claros precisamente para evitar ambigüedades y abandono con el tiempo.
La coherencia se garantiza mediante el modelo de las 21 variedades, directrices comunes y criterios compartidos para el uso del nombre y del logotipo.
Sin embargo, cada jardín interpreta el modelo en diálogo con su propio territorio: paisaje, historia, comunidad y vocaciones culturales.
El resultado es una red donde la identidad es reconocible pero no uniforme: un equilibrio entre integridad del proyecto y libertad responsable.
Pueden proponerlo municipios, ciudades, escuelas, universidades, fundaciones, asociaciones y entidades cívicas que trabajen en paz, medio ambiente y derechos.
La condición esencial es la disponibilidad para garantizar gestión y cuidado en el tiempo, no solo la organización de la inauguración.
Las propuestas más sólidas nacen de alianzas locales: administración, escuela y sociedad civil que comparten objetivos y responsabilidades.
El modelo de las 21 variedades, paneles y placas que hagan legible el jardín, espacios para actividades educativas y para el uso público.
Sin estos elementos, el jardín corre el riesgo de ser una simple zona verde tematizada, pero no un nodo de la red TGoP.
Elementos adicionales (arte, instalaciones, recorridos especiales) son posibles, siempre que respeten el sentido global del proyecto.
Los territorios se identifican a partir de las áreas de origen y difusión de las variedades, priorizando ecosistemas reales y paisajes emblemáticos.
El objetivo es ofrecer un mapa creíble de la presencia del olivo en el mundo, sin forzamientos ni simplificaciones geopolíticas.
La selección de territorios se verifica periódicamente a la luz de nuevos conocimientos científicos y geográficos.
Las plantas proceden de fuentes certificadas y trazables, con controles fitosanitarios acordes con la normativa del país anfitrión.
Eventuales sustituciones o integraciones se evalúan de forma compartida para no alterar el modelo y la narración de los territorios.
Este enfoque reduce riesgos agronómicos y asegura coherencia educativa y simbólica.
Espacios para el recorrido entre los árboles, puntos de descanso, áreas para actividades educativas o eventos públicos, y acceso posible también para personas con movilidad reducida.
No es obligatorio un gran montaje escenográfico: cuenta la calidad de la relación entre paisaje, comunidad y función educativa.
Cada proyecto evalúa cómo integrar el jardín en el sistema de parques, escuelas, museos y espacios culturales ya presentes en el territorio.
El jardín se rige por principios de protección ambiental, respeto de los derechos humanos, inclusión y no discriminación.
No puede utilizarse para actividades o mensajes contrarios a estos principios, ni para campañas políticas partidistas o iniciativas comerciales invasivas.
Las condiciones de uso del nombre y del logotipo TGoP se regulan mediante acuerdos formales para proteger la imagen del proyecto y de los socios.
No se permiten modificaciones unilaterales de la estructura del jardín, de la elección de variedades, de la señalética principal y del uso de la marca.
Cualquier variación significativa debe compartirse y evaluarse para salvaguardar coherencia e integridad del proyecto.
Esto se aplica también a eventos extraordinarios que puedan afectar a la imagen pública del jardín y de la red.
Los acuerdos prevén la posibilidad de suspender o revocar el reconocimiento del jardín como parte de la red TGoP.
Es una protección para todos los demás jardines y para los socios que invierten en el proyecto, y sirve para evitar usos distorsionados de la marca.
La revocación es una medida extrema: el objetivo principal sigue siendo siempre el diálogo y la búsqueda de soluciones compartidas.
Las comunidades locales son las verdaderas custodias del jardín. Sin ellas, el proyecto queda externo, frágil y fácilmente sustituible.
Involucrar asociaciones, escuelas y grupos informales significa transformar el jardín en un lugar habitado, no solo visitado.
En muchos casos, la comunidad se convierte también en la principal fuente de ideas para actividades, narraciones y recorridos educativos.
El proyecto fomenta recorridos continuos: adopciones simbólicas de árboles, talleres recurrentes, proyectos de intercambio internacional vinculados a los territorios representados.
Se invita a los jóvenes a considerar el jardín como un espacio propio, que merece ser defendido e interpretado críticamente.
Cuando las nuevas generaciones entran en la gobernanza del jardín, la memoria del proyecto se transforma en futuro compartido.