Lugares reales donde la paz, el medio ambiente y la comunidad se convierten en experiencia concreta.
Un Jardín de la Paz no es un logotipo ni una campaña temporal, sino un lugar al que se puede llegar, recorrer y tocar. Las 21 variedades de olivo, plantadas en un mismo espacio, muestran físicamente lo que las palabras a menudo no consiguen expresar: raíces diferentes que conviven en una misma tierra.
El panel de entrada y los carteles frente a los árboles explican claramente la lógica del jardín, para que cualquier persona —especialistas, visitantes, escuelas— pueda comprender lo que está observando. La paz no solo se proclama, sino que se experimenta en un paisaje vivo que crece y cambia con el tiempo.
Muchos de los territorios vinculados a las 21 variedades han sido escenario de tensiones, guerras y migraciones forzadas. El olivo sigue viviendo más allá de los conflictos, acompañando a las personas y adaptándose a nuevos contextos.
En el Jardín de la Paz, estos recorridos se vuelven legibles: cada cartel cuenta no solo datos botánicos, sino historias de paisajes heridos y de capacidad de recomenzar. El mensaje es simple y radical: si variedades distintas pueden compartir el mismo suelo, también las comunidades humanas pueden aprender a convivir.
La crisis climática, la pérdida de biodiversidad y las injusticias ambientales y sociales son problemas globales, pero también deben abordarse desde lugares concretos. Un Jardín de la Paz ofrece una respuesta local y visible.
Las 21 variedades representan climas, suelos y prácticas agrícolas diferentes. El jardín se convierte así en un laboratorio de conciencia y responsabilidad compartida.
Para las escuelas y el ámbito educativo, el Jardín de la Paz es un espacio privilegiado donde geografía, ciencia, historia y ciudadanía se entrelazan de forma natural.
Seguir las rutas del olivo entre continentes permite reflexionar sobre clima, migraciones y conflictos, ofreciendo una imagen concreta de coexistencia.
Un Jardín de la Paz no termina el día de la plantación. Los olivos crecen lentamente y educan a la responsabilidad y al cuidado continuo.
Cada hoja nueva y cada encuentro se convierten en parte de una memoria compartida que se renueva.
Cada jardín está arraigado en un lugar concreto, pero conectado a una red internacional de paisajes y comunidades.
El olivo se convierte así en un hilo conductor para tejer relaciones que atraviesan fronteras y distancias.
¿Quieres llevar un Jardín de la Paz a tu territorio y conectarlo con la red internacional del proyecto?
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